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DIARIO DE UN CORREDOR

Mi London Marathon

Faltan poco más de 30 minutos para la diez de la mañana, la hora señalada, y el sol pega de manera inusual para esta época del año y para este lugar del mundo. Es el domingo 22 de abril y estamos en el corazón del hermoso parque de Greenwich, en Londres.

En la largada de la London Marathon apenas se oye el murmullo de otros corredores en lenguas de las más diversas, aunque todos hablamos de lo mismo. Muchas cosas han pasado desde aquella maratón de Nueva York, menos de seis meses atrás, que dejó su huella. Fue aquel sábado de marzo cuando se empezó a pergeñar el Plan D: sentí que había disfrutado, sentí que iba a disfrutar.

Si se dice, con relativa razón, que lo más difícil de la maratón de Londres es llegar a la línea de largada, lo objetivamente cierto es que lo más fácil son sus primeros 12 kilómetros, en pronunciada bajada. Cumplí con mi promesa de mantenerme en mi ritmo modesto, pero realista.

Pasé por el Cutty Sark, el emblemático barco en la marina de Greenwich, alrededor de los 12K, en un estable paso de 5’25, tal cual estaba previsto. Le había propuesto a Luis Migueles, mi entrenador, dividir la carrera en bloques de 5K. Crucé el Tower Bridge al ritmo previsto, mirada al frente, pecho inflado, braceo intacto, pisada precisa. Y así pasé el 25K… A partir de entonces, algo sucedió. A la elite; a los simples mortales. Entre el 25K y el 35K está la zona de Canary Wharf, un verdadero laberinto de túneles y retomes que provoca que los relojes se vuelvan locos. Y las mentes también. La pantalla del Garmin deja de marcar los parejitos 5’20 / 5’30 para sumergirse en los preocupantes 5’30 / 5’50. Pero no es sólo eso. También empiezan a registrarse una cantidad jamás vista de abandonos: corredores y corredores desplomados al costado del camino. También muchos caminando. El calor y la humedad había sido tema de tapa de los diarios en las jornadas previas. La confirmación de la noticia de un corredor muerto, después de colapsar en plena competencia, se confirmaría al día siguiente. Pero, mientras tanto, hacia la zona de Westminster el griterío del público era futbolero. Me puse un punto fijo delante, y me repetí: “Disfrutá, reí, disfrutá, reí”.

Hace rato que no miro el reloj y que me sirvo de todos y cada uno de los puestos de hidratación. Sólo por el rabillo del ojo veo a mi izquierda la rueda gigante del London Eye y así llego a la altura del Westminster Bridge, para girar a la derecha y encarar el arbolado kilómetro que desemboca en el Buckingham Palace. Entonces, sólo queda doblar a la derecha, y a la derecha otra vez, para ver delante el arco de llegada, sobre la embanderada The Mall. Un atleta es atendido allí mismo, a sólo metros de la llegada. Lo veo mirar hacia el arco, como escapándose de quienes tratan de ayudarlo. Quiero creer que va a llegar, como llego yo. Riéndome, disfrutándolo. Ignoro el tiempo. Confidencialmente, quería que fueran menos de tres horas y tres cuartos. Conscientemente, sé que son más de cuatro horas. Íntimamente, siento que soy feliz. Que el Plan D (disfrutar, sobre todas las cosas), está cumplido. 

Por Daniel Arcucci

Periodista y Maratonista

Biógrafo de Maradona

Corrió 9 maratones (5 Majors)
 

runnin' Edición 42

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